Lectores buscando libros entre los restos calcinados de la biblioteca del conde de Ilchester, en Holland House (Kensington, Londres), en 1941.

LA CITA

"En general, creo que solo debemos leer libros que nos muerdan y arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un mazazo en el cráneo, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices tú? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hacen felices podríamos escribirlos nosotros mismos si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a las junglas más remotas, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo." FRANZ KAFKA, en carta de 1904 a su amigo Oskar Pollak. (Y yo me pregunto si eran así todas sus cartas!!!)
"Las estanterías con los libros que no hemos escrito, como las de los libros que no hemos leído, se extienden hasta la oscuridad del espacio más remoto de la biblioteca universal. Siempre estamos al principio del comienzo de la letra A" ALBERTO MANGUEL, Una historia de la lectura.

leer DE UNA PRENDA ÍNTIMA HALLADA EN EL PATIO DE UN CONVENTO


[Premio Gabriel Miró, Alicante, 2004]

DE UNA PRENDA ÍNTIMA HALLADA EN EL PATIO DE UN CONVENTO

Estaba en medio de una sábana tendida al sol del Señor, sujeta entre dos hilos de alambre. Su blancura hiriente destacaba, como nieve recién caída, sobre el algodón amarilleado por los años y la lejía. Creyó, por su pequeñez, que la prenda era un pañuelo que acaso alguna de las novicias habría traído consigo antes de tomar los hábitos; mas, al desplegarla, advirtió otra forma que la esperada en algo destinado a contener los efectos del catarro o de la pena. La contempló detenidamente, la sopesó, la extendió sobre la sábana recogida en el barreño. El tejido era extraordinariamente suave al tacto, como de raso, y en el centro en lo que supuso la parte delantera se volvía transparente para dibujar los pétalos ovalados de una margarita. Era muy bonito ese dibujo, aunque lo más sorprendente era el lado de atrás, donde la pieza se reducía hasta lo imposible, dejando solo lo preciso imaginó para que aquello pudiera ceñirse sin caer. Pero ¿y las nalgas cómo se cubrirían? ¿Y quién en el convento hacía uso, bajo el hábito, de aquel... taparrabos?, se preguntó con preocupación próxima a la angustia, que no cejó hasta que al fin comprendió, aliviada, que debía haber caído de alguno de los tendederos que, sobre ese extremo del patio, asomaban del edificio contiguo.
Más de una vez, desde que alzaron aquel bloque de pisos, había oído preguntar a través del torno si por algún casual no habían encontrado un babero de niño, o un calcetín o un trapo de cocina o incluso prendas más grandes que, por el viento, o por mero descuido, podían haber caído al patio del convento. Quien encontraba esas prendas sabía que, por si alguien las reclamaba, debía guardarlas en el aparador del refectorio, en el cajón más próximo al retrato de la santa. Pero Sor Genoveva de la Concepción, sin saber muy bien por qué, prefirió no mezclar aquella prenda con las otras, y la guardó en el bolsillo de su hábito, mientras, haciendo tiempo para la oración de la tarde, con ayuda de Sor Serafina, planchaba y luego doblaba y apilaba en el armario las sábanas y las mantelerías recién lavadas.
Sor Serafina era la hermana más joven, apenas llevaba dos años con ellas. Había nacido en Guinea pero luego había vivido en Sevilla, y con su cara negrita, su simpatía y su buena disposición para ayudar, inundaba de alegría el convento, tan maltratado por las enfermedades y la vejez en los últimos tiempos. Sor Genoveva, en cambio, llevaba muchísimo tiempo allí, pues había ingresado de novicia con tan solo dieciséis años. Desde la muerte de Sor Ramona, pronto haría veinte años, que aparte de ayudar, como todas, cuando la hermana encargada del obrador así lo requería, en la elaboración de las obleas, los melindres y los alfajores se ocupaba de la ropa blanca y de abrir y cerrar todos los días la puerta por donde, quienes deseaban comprar dulces o entregar alguna limosna o encargar misas u oraciones para los difuntos, accedían al torno, para cuya atención se relevaban todas las hermanas, salvo la superiora y las que, por enfermedad, no estaban ya en condiciones de despachar correctamente. La regla de la orden, al menos en lo tocante a la clausura (el Señor sabría perdonar en su misericordia infinita sus flaquezas en otros puntos), la había observado a rajatabla. Jamás había solicitado una dispensa (no había vuelto a pisar el pueblo ni para el entierro de su madre), ni habían tenido que llevarla a una consulta médica o a un hospital, pues, gracias a Dios, gozaba, pese a su edad, de una salud de hierro, y en cincuenta y tantos años solo había salido del convento una vez, por lo de las inundaciones del setenta y tres, cuando unos militares las evacuaron y fueron acogidas en otro convento de la orden, a cien kilómetros de allí. Entonces aún era relativamente joven, pero ya se percató durante el viaje de lo deprisa que estaba cambiando el mundo, de cómo la ropa, y la manera de hablar, y hasta las caras de la gente eran distintas de cuando ella había dejado el siglo. Luego, durante décadas, el mundo no fue más que las luces de la ciudad que de noche veía desde su celda, y los ruidos de los coches que, cada vez en mayor número, transitaban por el camino, y, en la fiesta del Corpus, las carcasas de colores que disparaban junto al río, formando palmeras y espirales que al caer reflejaban sus colores en el agua, y que todas contemplaban agolpadas contra las escasas ventanas que gozaban de esa vista. Hasta que la ciudad creció y lentamente se fue acercando al convento, como queriéndolo engullir, empeñada en mudar los campos en edificios de pisos y los caminos en calles. Y así, el huerto que lindaba con el muro del convento se convirtió en aquel edificio de cuya sombra no podía escapar el patio y del que, sobre todo en verano, escapaban voces y músicas, y asomaban rostros y brazos que tendían y recogían la ropa, y que a veces, por el viento, o por un descuido, caían hasta allí.
Varias veces estuvo Sor Genoveva aquella tarde a punto de mostrar a Sor Serafina la prenda que llevaba consigo, y que de vez en cuando palpaba, no solo por su suavidad, sedosa como una caricia, también para asegurarse de que estaba aún en su bolsillo, no se le fuera a caer delante de la otra. Tal vez esta, que en realidad había abandonado el siglo hacía nada, pudiera informarle mejor de si aquella prenda tenía la utilidad que sospechaba, y de si la usaban las mujeres normales (qué vergüenza debían sentir, las pobres) o si era más bien algo propio de artistas de cine o bailarinas o quizá de trapecistas del circo. Cuando, después de terminar con las mantelerías, comenzaron a planchar la ropa interior de sus compañeras, clasificándola por los nombres bordados en hilo azul marino, Sor Genoveva pensó que ese era el momento: se animó un poco y comentó, como de pasada, lo desgastados que estaban los tejidos y lo anticuadas que seguramente estarían ya aquellas prendas tan grandes e incómodas, pero Sor Serafina no pareció interesarse demasiado. “Qué importa, las monjas no somos presumidas”, contestó, encogiéndose de hombros y riendo con su risa contagiosa, y enseguida se puso a hablar de otras cosas, que ya nada tenían que ver con sus ropas.
Al terminar con la plancha, y antes de que avisaran para la cena, pasó por su celda y con la puerta cerrada sacó la prenda del bolsillo, contemplándola otra vez. La dobló cuidadosamente, y antes de colocarla en el cajón, bajo la ropa, bordada con su nombre, que acababa de planchar, la rozó en sus mejillas y aspiró profundamente la fragancia jabonosa que aún conservaba. Iba a salir de la celda sonaba ya la campana convocándolas al refectorio cuando tomó el pequeño saquito con lavanda que guardaba en la mesilla de noche, junto al rosario y los libros de oraciones, y lo puso en el interior de la prenda.
Pasaron los días y, para su extrañeza, nadie se asomaba al torno a preguntar. Cierto que tampoco estaba la prenda donde debería (Sor Genoveva la llevaba todo el día consigo, hasta la hora de la cena en que la guardaba entre su ropa, con el saquito de lavanda dentro), pero, si alguien hubiera preguntado, sin duda lo sabría, pues eran pocas y cualquier pequeña novedad se propagaba enseguida. En realidad, siempre que podía se acercaba al torno e incluso preguntaba a la que en ese momento lo atendía si ese día no había acudido nadie a reclamar ninguna ropa. Cuando a las nueve y media cerraba el portón que separaba el convento del mundo se decía, no sin satisfacción: un día más que el Señor me la confía. Luego, ya en la cama, si no se dormía antes, al terminar el rosario y a veces en mitad de los misterios se ponía a imaginar cómo podía ser la dueña de aquella prenda, cómo se llamaría, qué vida llevaría, y si sería feliz en aquel mundo tan revuelto.
Por la mañana, cuando salía al patio con la colada, le daba ahora por fijarse en aquellos balcones donde las mujeres se inclinaban para tender o recoger la ropa. Fue así como hizo un descubrimiento: de uno de los balcones, en el segundo piso, colgaba una prenda igual, o al menos similar, pues si el color no era el mismo (subió a una de las celdas del segundo piso, cuando su ocupante estaba en el obrador, y desde allí lo observó mejor) si que le pareció que tenía también dibujada aquella margarita de pétalos ovalados. Pasó largo rato observando a través de las rendijas de la persiana y vio a un hombre mayor, y a dos muchachos de unos dieciocho y veinte años, que jugaban a pasarse una pelota. Pero al cabo de unos minutos apareció una chica que se secaba el pelo con una toalla envuelta alrededor de la cabeza a modo de turbante, y que les decía algo. A causa de la toalla no pudo ver el color del pelo, pero desde la distancia le pareció guapa.
Desde ese día siempre que podía se escapaba a la celda del segundo piso y, resguardada por las láminas de madera de la contraventana, vigilaba aquel balcón. Dejaba siempre la puerta entreabierta por si de repente se le ocurría subir a Sor Juana, que era quien la ocupaba, no fuera que no la oyera llegar, aunque eso era poco probable, pues era muy mayor y gruesa, y estaba enferma, y caminaba tan pesadamente que todo vibraba a su paso. En una de esas ocasiones vio que la chica estaba asomada: sus cabellos por fin los pudo ver eran de color cobre, largos y ondulados, un pelo precioso. De repente vio que escarbaba algo en el bolsillo y en seguida se ponía a fumar. Acodada en la barandilla la chica lanzaba el humo al aire, formando volutas, con su mirada recorriendo precisamente el patio del convento, y quizá el huerto que asomaba al fondo, con el membrillero en primer término y las tomateras junto a la verja del pequeño cementerio, que algún día ni siquiera la muerte podía anular la clausura acogerían también sus restos: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra, rezaba todas las mañanas al despertar, todavía, a la vida terrenal. De pronto oyó unas voces que al principio no pudo entender, y vio cómo la chica arrojaba el cigarrillo al vacío. A punto estuvo de quemar un hábito que un rato antes había tendido. Entonces apareció la mujer de mediana edad que solía ocuparse de la ropa y esta vez sí que oyó lo que dijo: “¿Pero qué haces aquí todavía? Vas a llegar tarde, Vanessa.” Al oír ese nombre Sor Genoveva sintió como si una corriente de felicidad atravesase su cuerpo. Dios mío, pensó, qué nombre tan bonito, y acarició entre sus dedos aquella prenda que llevaba siempre consigo.
Y ahora que por fin su dueña tenía nombre (ese nombre que a veces, en cualquier estancia del convento, le entraban unas ganas locas de decir en voz alta), no podía dejar de pensar en ella todo el día. ¿Adónde tenía que ir? ¿Por qué se escondía de su madre? ¿Y por qué fumaba una chica tan joven? La superiora, que a veces salía del convento y viajaba muchos kilómetros para reunirse con otras superioras de la orden, y que sabía muchas cosas que ella ignoraba, había comentado alguna vez que una de las cosas peores del mundo de hoy en día es que muchas mujeres se han convertido en fumadoras y eso, entre otras cosas malas, impide que sean buenas madres, y que el Papa había condenado el tabaco en una encíclica llamándole “tufo de las pompas de Lucifer”. Sor Genoveva sospechaba que la Superiora exageraba al decir estas cosas, puesto que, sin ir más lejos, el padre Belinchón, que ya en vida había sido un santo, y por cuya intercesión tantas gracias habían recibido, fumaba en la sacristía después de celebrar la eucaristía (ella le había visto muchas veces a través de la celosía desde la que oían misa). Y aunque a ella misma siempre le había parecido algo feo en las mujeres, ahora comprobaba con asombro lo mucho que le había gustado ver fumar a Vanessa, con cuánta gracia aspiraba el cigarrillo y luego soltaba aquellas volutas con forma de nubes que ascendían al cielo.
Una noche, al cerrar el portón, la vio. Sor Genoveva llevaba muchos años abriendo y cerrando la puerta del convento; la cosa era muy sencilla: por la mañana (salvo en los meses más fríos) abría las hojas y las aseguraba con unas macetas para que el aire no las cerrase. De noche la operación era la inversa, y en ambos casos debía pisar unos instantes lo que antes era camino y luego se había convertido en calle. Jamás había sentido curiosidad por mirar más allá de las baldosas de la acera, o de las polillas revoloteando alrededor de la luz amarilla de la farola adosada al muro. Pero últimamente le daba por detenerse unos instantes y aspirar el aire de la mañana y la noche, y contemplar los colores y las formas de los coches aparcados y de los que pasaban como un zumbido, y ver cambiar las luces vacilantes del semáforo próximo. E incluso curiosear aunque procurando no ser vista a los escasos viandantes que transitaban por allí.
Aquella noche estaba ya echando el cerrojo cuando oyó un ruido muy intenso. Al asomar la cabeza vio a dos personas, justo al lado del portón, estacionando una moto frente al portal del edificio contiguo. La conducía un chico con pelo largo, recogido en una coleta. En cuanto a la otra persona, que se apeaba de la moto en el momento en que ella se asomó, no la reconoció al principio, pues estaba de espaldas y la luz de la farola era demasiado débil. Pero luego el chico prendió una cerilla y al acercarla para que la otra persona encendiera un cigarrillo, reconoció a Vanessa: iba muy arreglada, con varios collares y pulseras de colores, y una ropa ajustada que le favorecía mucho. Los zapatos de tacón la hacían muy alta. Estaba guapísima. Y debía ir muy perfumada pues hasta la puerta del convento llegó una fragancia deliciosa, que, aun siendo aromas muy distintos, le recordó al de la colonia que usaba el padre Pérez, que había sustituido al padre Belinchón como capellán del convento. Un aroma que, cuando confesaba con él, parecía volverse más intenso en el momento de la absolución, como si aquel fuera el perfume del perdón. Ahora habían bajado de la moto y estaban apoyados en el capó de un coche. Él tenía las piernas abiertas, estribadas en el parachoques y Vanessa se había acomodado en el hueco que formaban. El chico jugaba con su pelo: lo recogía con ambas manos y luego lo dejaba caer. Vanessa contaba algo y reía. Con el cigarrillo hacía volutas, como aquella vez en la terraza, y él las deshacía con un dedo. Era el momento: total, solo tenía que dar unos pasos o pedirle que se acercara, mostrándole la prenda que llevaba en el bolsillo. Ella la reconocería enseguida. Preparó sus palabras: “Perdone, señorita, ¿se llama Ud. Vanessa, verdad? tras alguna vacilación, decidió que esta sería la forma definitiva Encontré esto hace unos días, tendiendo la colada. Me parece que debe de ser suyo”. Pero no era conveniente llamarla pues tendría que alzar la voz y tal vez desde dentro la oyeran. Así que se inclinó por dar unos breves pasos, acercándose al coche. Salvando su salida de treinta años atrás, cuando las inundaciones, nunca había ido tan lejos en sus fugaces contactos con lo de afuera; pero se sentía bien, y hasta olvidaba que aquel breve paseo pudiera infringir su voto de clausura, como si la calle fuese en realidad una prolongación de los corredores del convento. Eran solo unos metros lo que la separaban de Vanessa, aunque hubiera podido seguir caminando toda la noche, hasta llegar a otros barrios de la ciudad, y aún a otros pueblos y ciudades. Pero algo la detuvo cuando ya tenía la prenda en la mano: de pronto Vanessa y el chico de la moto se habían fundido en un beso, más profundo y arrebatador que los de las películas americanas que, cuando ella tenía la edad de Vanessa, veía con sus amigas en el único cine de su pueblo, y que a todas les hacía contener la respiración. Aunque también había ido una vez al cine con un chico, uno que la pretendía pero que ella no estaba muy segura de quererle: era una película muy triste en la que Tyrone Power descubría que su novia le engañaba. En un momento dado ella se puso a llorar y él le pasó su brazo sobre los hombros afortunadamente estaba muy oscuro acercó su rostro al suyo, y la besó. Fue una tontería, desde luego, ella era muy joven pero supo enseguida que ese beso no quería decir nada. Y sin embargo cuántas veces durante aquellos años había soñado con la película de Tyrone Power, y con el beso. Hasta recordaba aún cómo iba vestida aquel día, y el aliento del chico y sus ojos mirándola en la oscuridad con un brillo maravilloso. Oyó que la llamaban. Era Sor Serafina, estaba asomada al portón: “Sor Genoveva, ¿pero qué hace ahí fuera?”. Los dos jóvenes también se volvieron a mirar, desconcertados ante la visión de aquella monja anciana en medio de la acera, detenida delante de ellos, guardándose dentro del hábito un tanga blanco. “La he buscado por todo el convento: acaba de morir Sor Juana”, oyeron decir a la otra, una monja negra, bastante joven, antes de que se cerrara la puerta del convento. Luego volvieron a su risa y a sus besos.
La hemos encontrado muerta en su celda. Creíamos que se había dormido; el Señor no ha querido que sufra. Pero no llore usted, Sor Genoveva, a esta hora ya estará entre los ángeles. Acuérdese de lo que decía la Santa: nacemos para la muerte y morimos para la Vida. Venga, acompáñeme al oratorio, la Superiora llama para rezar un responso. Y séquese esas lágrimas, mujer.
Sor Genoveva pasó delante. Al ir a mojar sus dedos en el agua bendita, Sor Serafina descubrió en el suelo un objeto que le era familiar. Pero cómo había podido llegar allí; lo había estado buscando por todas partes, temía que lo hubiera encontrado la Superiora. Lo recogió, lo acarició entre sus manos y lo acercó a su nariz: estaba limpio, suave como la arena de las playas de su país, y hasta olía a lavanda. Se sonrió, y, antes de guardarlo en el bolsillo, dijo para sí: “ahora ya no te me escapas más”.
Sor Genoveva no se sorprendió demasiado por la pérdida: pensó que se le debió caer en la calle al ir a introducirla en el bolsillo. El Señor lo había querido así y había que aceptarlo. De repente todo cambiaba y las cosas pequeñas se mezclaban con las grandes: después de tantos años, la Superiora consideró que era mejor que de la colada y de la apertura y cierre del portón se ocupase Sor Serafina, y que Sor Genoveva, por su parte, llevase el obrador, que con tanto acierto había dirigido hasta su muerte Sor Juana. La celda de esta quedó libre, y entre una hornada y otra, Sor Genoveva aún se las arreglaba para escapar del obrador y subir hasta allí, y desde la ventana, por unos minutos, vigilar aquel balcón del segundo piso, donde había visto por primera vez a Vanessa.

(C) Rafael Orihuel Iranzo, 2003.

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